LA INJURIA COMO ARMA POLITICA.

Posted on 12 febrero, 2007

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BUENOS AIRES, Febrero 12, (PUNTO CERO) La infamia tiene una larga historia. Es producto de la falta de escrúpulos y la ignominia. Se alimenta de la vanidad y sirve para eliminar a los adversarios. Su utilización forma parte de redes de poder donde se combate por medio de la descalificación personal. Su práctica está extendida y afecta sin distinción a amigos y enemigos confesos. Es habitual tener que desmentir lo que otros dicen para eliminar del camino a quienes consideran rivales o un peligro.

Se lanzan acusaciones sin constatar o verificar la información. Desde el poder se administra esta táctica para denigrar a personas bajo el supuesto de participar en conspiraciones contra sus militantes y dirigentes.
No pocos cayeron en desgracia. El lema es claro: la difamación justifica la muerte y quiebra voluntades. Sembrar desconcierto y duda es buen material para talar el árbol que hace sombra. Resulta doloroso comprobar cómo un argumento tan vasto se transformó en un arma política, cuya capacidad de matar es muy fuerte. Las descalificaciones se suceden en todos los frentes.

Ahora basta con achacarles el mote de traidores, desestabilizadores, etc. No se ha evolucionado mucho en esta dirección. Simplemente se han modernizado las técnicas y los usos. Ahora, para poner en duda la honorabilidad y lograr la descalificación basta poner el mote y hacerlo circular. La ignominia es completa, se apunta en una dirección para hacer blanco en un doble objetivo.

En este ir y venir de acusaciones la difamación se construye bajo una solapada estrategia para destruir todo cuanto pueda significar crítica y reflexión.  El objeto de esta nueva trama mafiosa es otra y tiene como blanco a quienes sin renunciar a los principios y valores éticos ejercen su derecho de crítica.
En este sentido, se diferencia las acciones abyectas de conversos de las muestras de dignidad que comprometen el honor y no se someten a los designios del poder. Muchos son los ejemplos en ambas direcciones y por ello no pondré nombres ni apellidos.

Arthur Schopenhauer escribió en un opúsculo casi olvidado, Dialéctica erística o el arte de tener razón, expuesta en 38 estratagemas, publicado cuatro años después de su muerte, en 1864, un buen manual para el debate político, así como para la injuria y la descalificación.

En él advierte de sus intenciones. Se trata de urdir estratagemas para ganar siempre de forma lícita o ilícita. En un alarde de conocimiento y de práctica en el debate retórico y dialéctico nos entra en la discusión encaminada a la destrucción del adversario. Descarnadamente expone sin mediaciones éticas cuáles deben ser los pasos a seguir para eliminar al enemigo. Armas habituales que hoy reconocemos en todo debate político son presentadas como conjunto ordenado de recetas victoriosas.
Llama la atención la diversidad de formas para descalificar y sembrar dudas sobre el buen hacer de los considerados enemigos.

Un buen comienzo, para Schopenhauer, es citar sobre los argumentos del contrario: "esto es verdad en teoría, pero en la práctica es falso". También se puede recurrir, dirá, al clásico método de homologar una definición y "sumirla bajo una categoría aborrecible con la que pueda tener alguna semejanza, con la que se le relaciona sin más: por ejemplo esto es maniqueísmo, idealismo, misticismo, etcétera, otra opción; si aún el adversario sigue vivo y se resiste, es declararse "irónicamente incompetente: lo que usted dice supera mi pobre capacidad de comprensión". Pero hay dos que son mortales de necesidad a la hora de descalificar.

La primera, hacer uso ilegítimo de la deducción del oponente para inferir deducciones falsas que deforman los conceptos y permiten construir tesis que de ningún modo corresponden a la opinión manifestada fabricando afirmaciones absurdas y peligrosas. La segunda funciona como comodín y es la última de las 38 propuestas de Schopenhauer.
Tomemos buena nota: "cuando se advierte que el adversario es superior y se puede de perder, se procede ofensiva, grosera y ultrajantemente; es decir, se pasa del objeto de la discusión (porque  ahí se ha perdido la pelea) a la persona del adversario, a la que se ataca de cualquier manera… Esta regla es muy popular; como todo el mundo está capacitado para ponerla en práctica, se utiliza muy a menudo".
¿Hay antídoto para evitar ser infamado y sometido a calumnias? Schopenhauer encuentra la vacuna en Aristóteles: "No discutir con el primero que salga al paso, sino sólo con aquellos que conocemos y de los cuales sabemos que poseen una inteligencia suficiente como para no comportarse absurdamente y que se avergonzarían si así lo hiciesen".
Hugo Sirio. (PUNTO CERO).

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